Modalidades de apego

II. EL APEGO.

   Se llama apego a la ligazón afectiva que se establece entre el niño (en nuestro caso) y el adulto. Ese vínculo afectivo lo establece el niño con la persona que le cuida más directamente, que suele ser la madre.

  •  Al principio se pensaba que la relación socioafectiva se satisfacía a través de la satisfacción de las necesidades biológicas y que luego se independizaba esta satisfacción biológica, de la relación y contacto con esa persona. Es decir, que la conducta de apego se aprendía, pero hoy en día se ha comprobado que no es así. Según los trabajos de Spitz y otros, el apego es una manifestación innata, no aprendida. Es decir, el niño establece la relación de apego con independencia de la satisfacción de las necesidades biológicas de alimentación, etc. Esa relación de apego es una necesidad primaria a veces más importante que la alimentación. Para el niño tiene un valor adaptativo, de supervivencia.

La madre o cuidador más cercano son la figura de apego fundamental. También puede haber apegos secundarios u objetos de sustitución o de transición, a con los que el niño se puede vincular, especialmente en momentos en los que se siente solo.

  • Al ser el apego una fuente de seguridad para el niño, se ha comprobado que tiene relación con la conducta exploratoria. El niño utiliza a la madre como “base” desde la cual explorar el medio. La proximidad física de la madre es condición necesaria para que el niño se aleje momentáneamente y explore (se separa, examina el objeto, mira a la madre para comprobar que sigue ahí, vuelve al objeto). La presencia de la madre facilita tareas de aprendizaje en el niño y la interacción con desconocidos. Hablamos de un apego positivo que permite al niño poder llevar a cabo su proceso de aprendizaje y autonomía básicos para su posterior desarrollo social.
  • La naturaleza del vínculo de apego depende de la capacidad de respuesta del adulto a las necesidades del niño. Mary Ainswort señaló tres tipos de apego:
  • Apego de seguridad: son los niños que están cómodos en una situación extraña si la madre está presente y n conducta exploratoria. Si se retira la madre y llega un extraño dejan la conducta y su desconsuelo es grande, hasta que vuelve la madre, la recibe activamente y reinicia la conducta exploratoria. Las madres que generan este apego son sensibles y dan respuesta  a las llamadas y necesidades de sus hijos. 2/3 de los niños estarían dentro de este grupo.
  • Apego inseguro-evitativo: Estos niños no utilizan a la madre como “base” de exploración y no les afecta ni la ausencia ni su regreso, evitan incluso el acercamiento. Se trata de madres insensibles a las peticiones; la indiferencia se ha visto como un mecanismo de defensa por las frustraciones sufridas por la falta de atención.
  • Apego ambivalente: tienen poca conducta exploratoria y un gran desconsuelo con la marcha de la madre, pero a su regreso manifiestan conducta ambivalente: irritabilidad y hostilidad o deseos de acercamiento. Este tipo de madre tendrá una actitud inconsistente y variable, a veces fría, a veces afectuosa.
  • El tipo de relación que se establezca con la figura de apego o tipos de apego, se va a convertir en modelo a partir del cual se establecen las relaciones con los otros. Las madres que no contribuyan a la conducta exploratoria, generarán inseguridad y falta de autonomía en el hijo, y esto influirá en las relaciones afectivas posteriores
  • Etapas en la evolución del apego:
  • En los dos primeros meses, las respuestas del niño hacia los demás son indiscriminadas. Hay una preferencia por las personas más que por los objetos, pero sin apego.
  • Hacia los 4 o 5 meses hay una preferencia por la madre, pero no hay rechazo a los desconocidos.
  • Sobre los 8 meses aparece el verdadero apego, hay angustia de separación y rechazo a los extraños.
  • Entre los 2 y 2 años y medio, el vínculo sigue siendo fuerte pero ya no lloran la ausencia de la madre.
  • Respecto a la privación de la figura de apego, el efecto en los niños es muy negativo, tanto a corto como a largo plazo, y a todos los niveles: fisiológico, cognitivo, afectivo, etc. Trabajos como los de Spitz y Bowlby, señalan otras posibles consecuencias: retraso evolutivo general, más aún en el lenguaje, problemas de relación social, neurosis, depresiones, desórdenes de conducta, retraso intelectual, etc.
  • La reacción a la privación, que es traumática, pasa por distintas fases:
  • Fase de protesta: lloros, huida, ansiedad, aferrarse a figuras de sustitución, conductas regresivas (succión del pulgar, descontrol de esfínteres), trastornos del sueño y la alimentación y un rechazo y hostilidad hacia quien les quiere consolar.
  • Fase de ambivalencia: sigue el desconsuelo y los lloros, pero con menos fuerza. A veces acepta la ayuda que se les ofrece y otras la rechaza.
  • Fase de adaptación: El niño acaba adaptándose e interesándose por las nuevas personas. Si las condiciones son favorables, formarán vínculos afectivos, cono en el caso de una adopción.

Estos efectos puede ser más o menos variables y dependen también de otros factores, como la edad (peor entre 8 meses y 5 años), el sexo (más protesta en varones), la experiencia previa (en madres que trabajan soportan mejor las separaciones), la familiaridad del lugar, el conocimiento previo de otras personas, la actitud de éstas, la presencia de hermanos, etc.

  • Los malos tratos y la relación de apego: En los experimentos con monos, (madres que maltratan o criados en aislamiento), las conductas de apego son aún mayores. En los niños, el castigo no conlleva la eliminación del apego. El niño maltratado está más deprimido y angustiado y por tanto, más limitado en sus capacidades y es más dependiente. La mayor indefensión del niño maltratado le exige aún más apegarse al adulto para sobrevivir, se porte como se porte éste. Aquí se comprueba todavía más la función de apego como una serie de conductas que favorecen la supervivencia.
  • El apego en la vida adulta:

A lo largo de la vida se van estableciendo otros vínculos afectivos con otras personas que pueden considerarse igualmente como apego. Se siente la necesidad de proximidad y comunicación con padres, hermanos… y malestar en la separación con ellos. El apego en la vida adulta se ve muy bien en las situaciones de duelo por la muerte de personas queridas. El vacío que se produce manifiesta la pérdida del vínculo afectivo. La angustia, desesperación, desinterés demuestran que las conductas de apego mantienen las funciones básicas de seguridad y protección.

Las conductas de apego en la vida adulta, no son pues regresiones, sino vínculos que se mantienen y que son necesarios para el buen desarrollo psicológico. Con la edad aumenta la tolerancia a las separaciones y aumenta el control de los sentimientos de pena ante las ausencias. La expresión de afecto puede sustituirse por otro modo de comunicación. Pero la conducta de apego en el adulto experimenta un desarrollo inverso a la atracción: mientras ésta parece disminuir con el tiempo, el apego aumenta.